“La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad no solo de los políticos y los demagogos, sino también del hombre de Estado” Hanna Arent
POSVERDAD, METAMENTIRA Y PODER (II)
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Manuel Salvador Ramos

Dentro de una sana lógica editorial nos correspondía hoy hilar sobre las variaciones teóricas que encierran los vocablos que nos han servido para titular estas notas sucesivas. Llegamos a pensar incluso en la posibilidad de ejemplificar cómo opera la subversión contra la verdad y la transparencia, poniendo el foco sobre dos experiencias políticas que en estos momentos se manifiestan con mucha conflictividad. Argentina copa la escena en razón a esa suerte de jerarquización caprichosa (o vanidosa) que rige los derroteros informativos, mientras que la hermana Bolivia es observada con la condescendencia de la parentela tolerada. Pero no es nuestro propósito desarrollar criterios sobre ética comunicacional; más bien puede decirse que la impronta definitivamente decadente que hoy signa el ritmo planetario nos ha obligado a ampliar la visión para verificar como esas acepciones, inherentes ellas a la expresión humana, hoy son la marca declinante de la civilización. El título define la decadencia del presente y si lo extrapolásemos como un conjunto matemático aparecería la palabra engaño

Como dejamos sentado en el epígrafe, la veracidad nunca ha formado parte de las virtudes políticas. Sin embargo, desde esa lectura propuesta por Arendt es posible distinguir toda una “jerarquía” entre el uso dado a la mentira, discriminando por ejemplo el “arte de gobernar” propio de la modernidad temprana, y la manipulación masiva de hechos y opiniones que marca la posmodernidad, esfera ésta en la cual buscaremos introducirnos a través de las líneas subsiguientes, sin caer en la tentación de especular desde un ángulo apasionante como sería la mentira integral que subyace en la historiografía.

En alguna oportunidad leímos la crónica elaborada por un periodista con referencia al proceso que se abrió en Brasil contra la empresa Odebrecht. El comunicador resaltaba las incidencias del interrogatorio al cual era sometido el propio Marcelo Odebrecht, haciendo énfasis en una pregunta que junto a la respectiva respuesta, dibujó toda una filosofía de la magnificación falsaria. El fiscal inquiere: “¿Usted a cuántos políticos cree que ha logrado corromper en los últimos quince años?'. El empresario responde con pasmosa frialdad: ‘... pero yo no he corrompido a nadie .Estos políticos ya eran delincuentes cuando los conocí”



EL SIGLO XXI

Suena a burla truculenta, pero la realidad circundante nos confirma la verdad grotesca: en el Estado del siglo XXI predomina la permisividad delictual, porque si ministros, presidentes de entes autónomos, directores de empresas estatales y hasta expresidentes de varios países se han visto involucrados en negociados, no debe caber duda en cuanto a prácticas similares en escalas inferiores. Pero el punto que nos orienta no es desmenuzar la corrupción como tema específico, sino entender como el nacimiento, desarrollo y arraigo de una praxis delictual se incrusta en el Estado y tiene su correspondiente espejo institucional en extendidos niveles de la sociedad porque la impunidad es un grueso manto de protección que impide castigo en la mayoría de los casos. Esto último produce a su vez una tupida madeja de tipologías y sub tipologías dolosas que van siendo absorbidas como conductas comunes que aunque reñidas con las líneas restrictivas de la estructura legal, quedan en letra muerta gracias a subterfugios interpretativos o al mero desdén arbitrario. No creemos necesario traer a colación ejemplificaciones concretas porque estamos seguros que cada lector de estas líneas tiene “su corrupto particular”; o en todo caso, solo basta con mirarnos en el espejo para entender como todos somos prisioneros de los circuitos que alimentan las transgresiones de la legalidad.

Esta visión en la cual se mezcla la didáctica simplista con el elementalismo conceptual, solo nos sirve para trascender a otros niveles. El propósito es desentrañar razones y explicaciones sobre cómo se sustentan los juegos de poder alimentados por la impunidad y la complacencia, y en esa dirección nos topamos con un marco factual perfectamente perceptible.

No es difícil entender como la cultura postmoderna ha construido un perfil del homo sapiens basándose en un choque disruptivo cuyo rasgo más pernicioso ha sido sembrar un ideario que engañosamente se dibuja como paradigma libertario y equívocamente revolucionario, pero que en realidad es un artilugio vivencial destructivo. El ser se trastoca en sujeto de enfrentamiento contra la virtualidad comunitaria y en muestra fanatizada del individualismo y el consumismo.



DE LAS FÓRMULAS

A través de todas las etapas de la historia vemos como las sociedades han establecido una relación, marcada por un conflicto con el Mal y cada una ha desarrollado fórmulas ideadas estratégicamente a fin de combatir y segregar los elementos dañinos para la integridad del cuerpo colectivo. Evidentemente, han sido fórmulas culturalmente forjadas y alimentadas con lo que en filosofía de la historia se denomina el Discurso Mítico.

La llamada Revolución Conservadora de la década de los 80 consagró la muerte del Estado de Bienestar y por ende de las luchas progresivas que caracterizaban su dialéctica. Ello abrió la brecha del Capitalismo tardío (Hubermas)y ese soporte maximalista del poder asociado a la potencialización (que no potenciación) del lucro, destruyó los patrones éticos progresivamente conformados a través de los siglos. Se instaura así un andamiaje que reacomoda la estructura psíquica del hombre al insuflarlo con la posverdad y la metamentira, obteniendo de esa forma lo que podríamos llamar el octanaje exacto que pone a funcionar la maquinaria del poder, genera la riqueza que garantiza el éxito y nos regala el marco hedonista del gran espectáculo. ¿Es extraño entonces que aparezcan en cada quien las grietas de novedosas y expansivas de las psicosis y las psicopatologías?.

La Psicopatía se define, entre otros pareceres, como un trastorno de personalidad caracterizado por el comportamiento antisocial dentro de variadas manifestaciones. En una clasificación general, resaltan las carencias empáticas, la personalidad sin inhibiciones y el celoso uso de patrones y códigos propios, así que comúnmente se habla más de “personalidad psicopática” que de “psicópatas” en sentido estricto, aunque ello no signifique desechar el carácter patológico fundamental en la esencia personal.

Son inteligentes, hábiles expositores y absolutamente celosos en cuanto a sus criterios. Por su elevada autoestima derivan fácilmente hacia el narcisismo y dada su inclinación a la mentira, llegan a ser símbolos de la mitomanía. Es obvio que son refractarios al encasillamiento ideológico y en ese plano se desplazan a través de enfoques divergentes, buscando en cada uno de ellos algún beneficio sustantivo. Nunca aceptará responsabilidad sobre sus actos y automáticamente derivará culpas hacia terceros. Es, en resumen, “Rasputín detrás del trono”

Es innegable la presencia de la psicopatía en buena parte de quienes ostentan el poder en gobiernos y grandes entes corporativos, por lo que es inevitable preguntarnos en medio de la crisis planetaria, ¿cómo llegamos a percibir que estamos gobernados por psicópatas?
 
Siempre que hablamos de psicópatas, inevitablemente acabamos hablando de víctimas, siendo LA SOCIEDAD quien personifica integralmente esa noción. Lo común en el mundo actual es ver como alrededor de las personalidades total o parcialmente psicopáticas, opera una dinámica degradante que se manifiesta en la atracción centrifuga sobre personalidades con traumas conductuales o con notorias carencias de asimilación racional. La prepotencia arrolladora del psicópata, su notable poder persuasivo y la fortaleza insolente de sus visiones arbitrarias, desarrolla un tropismo que concita las falencias del resentimiento y la estulticia, conformando así el remedo institucional que crea la mentira cotidiana a través de lugares comunes, lemas insulsos, consignas estupidizantes y magnificaciones patrioteras. Cuando un país está dirigido por psicópatas, la víctima es la sociedad en pleno, sin que ello obste para que todos seamos víctimas individuales a la vez. La ciudadanía está inerme ante las iniciativas del absurdo, careciendo de instancias doblegadas bien ante el psicópata singularizado, o bien ante la troupee payasesca controlada por el grupúsculo.

El trasunto de este texto pareciese ser fruto del encono, pero quienes generosamente lleguen a leerlo sabrán ver en sus líneas el bosquejo de nuestra propia cotidianidad. Por ello, al refrendar las mismas, decimos limpiamente que no hay “meras coincidencias” en su significado.

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