La segunda causa de la desconexión latinoamericana con su pasado pre-colombino vino dada por el celo religioso de los conquistadores y por la radical transculturización impuesta por estos
¿INDOAMÉRICA?
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Alfredo Toro Hardy

Tener claridad sobre la identidad que mejor define a nuestra región es importante. Nociones como las de Latinoamérica, Hispanoamérica o Iberoamérica buscan responder a esa búsqueda. ¿Qué decir, en tal sentido, del concepto de Indoamérica? ¿Puede tener validez como elemento de identidad?

En las primeras décadas del siglo XX apareció en Perú el llamado movimiento “indigenista”, teniendo como propulsores intelectuales a figuras como Manuel González Prada, Juan Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. De acuerdo al mismo, la identidad indígena constituía la verdadera esencia de los valores nacionales de ese país. A partir de allí, Haya de la Torre evolucionó a la noción de una identidad indoamericana. La misma encontró validación con las luchas a favor de los sectores indígenas y campesinos que por aquellos tiempos mantenía Emiliano Zapata en México.

Los quinientos años de la llegada de Colón a esta parte del mundo reavivaron la búsqueda de una identidad indigenista, sustentada en importante medida por el rechazo a la herencia hispana. Este fenómeno, impulsado básicamente por las izquierdas de la región, ha cobrado fuerza en años recientes, con las estatuas del almirante genovés siendo derribadas en distintos países. Incluso el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, pidió a España que ofreciese disculpas por las atrocidades cometidas en tiempos de la conquista.

Nadie podría dudar que la desconexión con la fuerza de su pasado indígena es una de las características principales de América Latina. Parte fundamental de esa herencia, en efecto, se extinguió. En palabras de Charles C. Mann: “El hemisferio Occidental antes de 1492 era, de acuerdo a la visión que prevalece actualmente, un lugar próspero e impresionante, un auténtico tumulto de lenguajes, de comercio y cultura, una región de decenas de millones de seres humanos que amaban, odiaban y adoraban a sus dioses, como hacen las personas en todos lados. La mayor parte de este mundo desapareció después de Colón (…) Todo esto fue borrado de manera tan radical que, al cabo de unas pocas generaciones, ni conquistadores ni conquistados sabían que ese mundo había existido. Ahora, sin embargo, la riqueza de ese mundo desaparecido está volviendo a la luz”. (1491: New Revelations of the Americas Before Columbus. New York: Vintage Books, 2021, Capítulo 1, Loc 748).



Dos razones fundamentales fueron responsables de lo anterior. En primer lugar, las enfermedades infecciosas traídas por los conquistadores. La viruela, el tifus, el sarampión y tantos otros patógenos con las cuales los europeos habían convivido a lo largo de siglos, causaron estragos en una población indígena totalmente desprovista de defensas frente a ellos. Tales enfermedades redujeron dicha población a un 12% de su total original de 30 a 40 millones en 1.500. (Luis Fernando Restrepo, “The Cultures of Colonialism” in Philip Swanson, Editor, The Companion of Latin American Studies. London: Routledge, 2023, p. 51). Según señala John E. Kicza, de su parte, la población indígena del centro de México se redujo en un 95% bajo el impacto de los patógenos llegados de España y fue virtualmente extinguida en el Caribe de habla hispana. Más aún, según señala, de no haber sido por tal catástrofe demográfica, la América Latina contemporánea se parecería a la India o a África donde el impacto de la colonización europea se movió en la superficie sin alterar su composición étnica. (The Indian in the Latin American History. Oxford: SR Books, 2004, p. 20).

La segunda causa de la desconexión latinoamericana con su pasado pre-colombino vino dada por el celo religioso de los conquistadores y por la radical transculturización impuesta por estos. Pocas veces en la historia se sometió a pueblos vencidos, a la demolición casi absoluta de su herencia cultural y espiritual. La sumisión total a las creencias y enseñanzas religiosas de los españoles, vino acompañada de la destrucción sistemática de templos, códices y vestigios de conocimiento susceptibles de alimentar las fuentes de paganismo. Lo que sobrevivió de las viejas creencias religiosas indígenas entró de contrabando en las iglesias, camuflado bajo el santoral católico. A veces, fue la propia jerarquía de la Iglesia la que estimuló este contrabando como vía para difundir la nueva religión. Tal fue el caso, según señala Carlos Fuentes, de la diosa azteca Tonantzin, transformada en la Virgen morena de Guadalupe. (El Espejo Enterrado. México: Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 210).

La hegemonía cultural ibérica resultó radical e inapelable. De ella derivaron lengua, religión y valores culturales. En palabras de Arturo Uslar Pietri: “Toda la colonización fue un proceso de incorporación a los valores de Occidente (…) No tenemos otra base legal, ni otra concepción del hombre y de su dignidad. Esa cultura occidental con la cual nos hemos identificado en cinco siglos, es la nuestra y no tenemos otra”. (Fantasmas de Dos Mundos. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1979, p. 278). Más allá de algunas comunidades indígenas que se mantienen relativamente inalteradas en Los Andes, México o Guatemala (o para el caso también en la selva amazónica), la transculturización impuesta resultó apabullante.

Así las cosas, más allá de la nostalgia por un pasado extinguido y de la carga de resentimiento histórica derivada de la destrucción de sociedades pre-colombinas complejas y ricas, no existen asideros culturales suficientes para sustentar en ese mundo desaparecido una identidad viva y actuante. Es decir, para hacer de la herencia indígena, de la noción de Indoamérica, la esencia de quienes somos como región.

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