“Al otro lado del rio y entre los àrboles”, un recuerdo de Hemingway
LA GUERRA EN EL CINE
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Karina Sainz Borgo

Son las ocho de una tarde con guerras. En la oscuridad de una sala de cine, pienso en el instante que dura una muerte dentro y fuera de nosotros. Mueren los países, los padres, los hijos, las parejas, las promesas. Hace falta belleza para soportarlo. La vida sin ella es sólo supervivencia. Sentada en una sala con butacas forradas con tela roja, espero para ver 'Al otro lado del río y entre los árboles', una película escrita por Peter Flannery y dirigida por Paula Ortiz, basada en la novela de 1950 homónima de Ernest Hemingway.

Aparece en la pantalla Liev Schreiber convertido en el coronel Richard Cantwell, un héroe de guerra que padece dos enfermedades. Una terminal y otra moral, una que lo come por dentro. Schreiber se planta ante el espectador con ese corpachón de armario y la mirada rota de los hombretones que Hemingway escribió para contarse a sí mismo. Ambientada en Italia durante la Segunda Guerra Mundial, la película narra el viaje de Cantwell en su última excursión a Venecia. Desea cazar patos y recorrer la ciudad que ha elegido para morir. El encuentro con una joven y libérrima condesa, interpretada por la actriz italiana Matilda De Angelis, desata los nudos que le aprietan el alma de Cantwell: el amor, la guerra, la juventud y el paso del tiempo.

Ella abre para él cada cancela y jardín de la Serenísima. Deshace el nudo del coronel empeñado en morir. Aunque parezca, no es una historia de amor. Lo que ha hecho Paula Ortiz es construir una mirada elegante al universo masculino de Hemingway. Una aproximación sobria y potente a la guerra, una relectura contemporánea del personaje más frágil del siglo XX. Venecia es la gran protagonista. Es un regalo para los ojos. Emulsionan imágenes y emociones en quien observa. La escalinata aquella de 'Roman Holiday', las balas de Nolan, el color deslavado de 'Apocalypse Now' y una forma propia, elegantísima, del Eros y Tanatos. Los diálogos picados de Hemingway transcurren con lentitud y el león de San Marcos ruge en los fotogramas más hermosos. En una tarde con guerras, encuentro belleza en esta sala a oscuras, salgo a la calle con ella puesta, como si fuese un abrigo que podrá durarme para siempre.

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