El hincha es el único estamento que no cobra por estar, paga. Paga la entrada al estadio, la suscripción de la TV, la cuota de socio del club, por la camiseta o el souvenir que compra
AMOR INCONDICIONAL
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Hernan Quiroz Plaza

“Jugar sin hinchada es como bailar sin música”, escribió Eduardo Galeano. Está claro que, sin hinchas, no sería el deporte rey, estaríamos ante un espectáculo sin trascendencia. Es muy común que en las transmisiones deportivas se refieran a los aficionados al futbol como “los hinchas” o “la hinchada”. Normalmente son grupos organizados de personas que apoyan a un mismo equipo entonando cánticos y uno que otro insulto al rival. El término ‘hincha’ viene de Uruguay. A principios del siglo XX, la actitud que el público mantenía en los partidos de fútbol era muy a la inglesa, todos asistían en silencio a los partidos, y las demostraciones de alegría eran escasas incluso cuando se conseguía un gol o una gran victoria. En 1900 el Club Nacional de Montevideo, contrató como utilero a Prudencio Miguel Reyes. Prudencio era especialista en el trabajo del cuero, y como tal se encargaba de los balones, ya sea de parcharlos o inflarlos. Miguel era un aficionado muy entusiasta que solía gritar y alentar a su equipo durante todo el partido. El resto de los aficionados se referían a él como el “hinchador” por su labor de “hinchar” o inflar los balones. Sorprendió a todos en aquellos tiempos de seriedad en el fútbol que Prudencio recorriera la banda gritando y animando a su equipo: el Nacional de Montevideo. Poco a poco Prudencio se hizo muy conocido y contagió su entusiasmo y pasión por su equipo al resto de aficionados, y se formó la primera hinchada. El término se popularizó rápidamente y en unos años ya se usaba en gran parte del Cono Sur, eventualmente, con la llegada de jugadores sudamericanos a muchas otras ligas, el término “hincha” ya se conocía en toda Latinoamérica.

Antes que las tácticas, mucho antes que los relatores y comentaristas deportivos y los entrenadores, desde luego primero que la televisión y el negocio, nació la pasión por el fútbol. Está junto al juego desde que el juego empezó. En el mismo instante en que se formaron dos bandos para confrontar con una pelota de por medio, ya hubo hinchas de un lado y del otro. De modo que es supremamente importante que hagamos una reverencia al personaje que, junto con el futbolista, representa la casta más antigua de esta cultura: el hincha. Después de más de veinte años de estar ligado al balompié, tengo un orgullo invicto: sigo siendo tan amante de este maravilloso deporte como el primer día. Es decir, tan hincha del fútbol como puedo serlo. Con absoluta transparencia, debo confesarlo: es posible que ni como esposo ni como hijo ni como ciudadano ni como Comunicador Social haya tenido la nobleza que sí he observado en mi carácter de hincha. En ello, mi foja es inmaculada: nunca un doblez, jamás un renuncio, reproches pasajeros, amor incondicional.

El 20 de diciembre de 1982 asistí por primera a un estadio de futbol de la mano de mi hermano Francisco, al antiguo estadio Modelo de la ciudad de Guayaquil, pero para mí era un templo, majestuoso, grandioso... tenía once años. Era una especie de sentimientos encontrados porque se enfrentaban Barcelona vs. Liga de Portoviejo (mis equipos favoritos), un partido atípico, empezó el domingo 19 de diciembre y terminó un día después. Los portovejenses visitaron a Barcelona con la obligación de ganar para ir a la Copa Libertadores. Tomaron ventaja con goles de Lorenzo Klínger y un tanto en contra de Carlos Ortiz. Juan Madruñero descontó con un gol olímpico. Pero a los 48 minutos el árbitro argentino Jorge Vigliano suspendió el partido por un chaparrón, un diluvio.El lunes 20 de diciembre se reanudó el épico encuentro y los de Guayaquil vencieron 3-2 con goles de Flavio Perlaza y Alcides de Oliveira (penal).Aquel momento entré a un mundo fascinante que desde ese día me atrapó por completo. Fue una tarde majestuosa, la recuerdo como si fuese ayer, mirar los carteles publicitarios, ver por primera vez de cerca la multitud nunca lo voy a olvidar.

Un alto dirigente del fútbol mundial (quien montó el FIFA gate) frecuentaba el hábito, convertido en latiguillo, de decir despectivamente y con notorio desprecio: “Fulano actúa como un hincha”. ¡Perdónalo, señor! No sabía lo que decía. Ignoraba que no hay condición más noble. Ni cuenta se daba que, en su intención de menoscabar, alababa. Los hinchas no funden clubes. Todo lo bueno que hace un dirigente de fútbol es por el hincha que lleva dentro. Lo demás lo perpetra el individuo contaminado, el hombre de negocios, el sujeto inescrupuloso que habita en él. El hincha verdadero jamás le robaría un centavo al equipo de sus amores. Ni compraría un “PETARDO”en dos millones de dólares para quedarse con uno y medio, lo cual es el último grito de la moda. Lo que dicen después es sencillo: “Era buen jugador, pero no se adaptó”.

La pandemia del covid-19 que vivimos, padecimos y ojalá nunca regrese alguna similar, puso de manifiesto, como nunca, el alcance trascendental de un elemento: el hincha, que a partir de ese momento será más valorado, por los dirigentes e incluso por los propios jugadores. Si el artista vive del aplauso, el atleta se alimenta de la aprobación del público. Nos dimos cuenta de que tal vez sea más importante que el jugador mismo. Son el sostén económico de la actividad. El hincha es el único estamento que no cobra por estar, paga. Paga la entrada al estadio, la suscripción de la TV, la cuota de socio del club, por la camiseta o el souvenir que compra. Incluso es el que deja un suculento ingreso por visitar y hacer un toural estadio del club (El Real Madrid cobra 25 euros a adultos y 18 euros a menores de 14 años por el recorrido, y van miles). Hasta cuando hay un partido homenaje, aporta para que el agasajado se lleve a su retiro un buen colchón de dinero. Y es quien compra la prensa deportiva y llena aviones, autobuses y trenes cuando se viaja a un partido, hasta el que vende chucherías (golosinas) se beneficia del hincha. El fútbol genera tanta devoción a lo largo y ancho de todo el mundo. Para algunos seguidores es casi una religión y el devenir de su equipo es casi un asunto de vida y muerte. El nivel de fanatismo, los sacrificios por ver jugar al equipo, la asistencia al estadio, y el conocimiento de la historia de triunfos y leyendas son algunos de los indicadores que separan a un verdadero hincha de un simpatizante.

Naturalmente, el hincha dice barbaridades futbolísticas. Algunos van a insultar, otros entienden muy poco. Pero es absolutamente lógico: es un consumidor, compra el producto y lo bebe o lo come, aunque no sabe con certeza de que está hecho ni cómo. Por otra parte, no le sirve de mucho saberlo. No es consultado para nada. Nadie le pregunta si está de acuerdo con el precio de las entradas ni con el entrenador que contrataron (con su plata) ni con el jugador número nueve, ni con el horario de los partidos. El socio de cualquier club que desea un cambio en su institución tiene dos caminos: comprar el paquete accionario en el caso de los privados o formar una agrupación y ganar las elecciones en una sociedad civil. Es muy complicado. Hay, naturalmente, otros valores, menos mercantiles, más románticos, donde el hincha saca ventajas abismales sobre los demás gremios vinculados a la pelota: en el amor, en la fe, en la pasión, en la fidelidad, en esa consecuencia por los colores que no admite renuncios. En todos estos rubros, el hincha corre con la Ferrari, los otros van en un Minardi con tres vueltas menos.

Por estos días, Independiente de Argentina, el rey de copas, es el rey de las deudas y los pesares. Atraviesa una delicada situación económica y deportiva. Producto de desquiciadas administraciones anteriores, debe 22 millones de dólares, muchos de ellos exigibles de manera perentoria, so pena de ser penalizado por la FIFA con pérdida de puntos. Como es habitual, un vaciamiento consumado mediante la compra irracional de jugadores. Lo que siempre definimos como “pases raros”. En diciembre de 2017, el Rojo de Avellaneda se consagró campeón de la Copa Sudamericana ganándole la final a un Flamengo fuertísimo, con Diego, Juan, Everton Ribeiro, Lucas Paquetá, y donde empezaba a brillar Vinicius Junior. Todo era sonrisas y ‘rock and roll’. Ahí mismo comenzó el desguace del magnífico equipo dirigido por Ariel Holan y se puso en marcha un viejo y ruinoso método directriz: vender a los buenos para comprar a los malos. Llegaron a precios alocados jugadores que no daban la talla. Muchos. Un fracaso tras otro y, como lógica consecuencia, sobrevino el derrumbe futbolístico. Tras nueve años de oscura administración, hubo elecciones y entró una directiva fresca, que intenta sanear la institución, pero en medio de un asfixiante panorama financiero.



Para bajar costos, la nueva dirigencia eliminó todos los contratos altos, subió “chamos” de inferiores y contrató media docena de jugadores libres de clubes menores. Lo asusta el fantasma del descenso. La gente acude en masa a alentar, pero el equipo no da, no puede. Si le cayera una sanción de la FIFA, sin duda perdería la categoría. En ese páramo anímico, institucional y deportivo renunció el nuevo presidente. Más desolación. En esa noche triste apareció una luz insospechada. Santiago Maratea, un joven de 30 años, ‘influencer’ dedicado a reunir dineros para causas diversas, lanzó la idea de abrir una cuenta para ayudar a Independiente, el amo de la Libertadores. Estimado en cinco millones de personas, el pueblo rojo se movilizó conmovedoramente y en menos de 48 horas se juntaron 2,5 millones de dólares. Y sigue aumentando… Paralelamente, cien exfutbolistas se unieron y abrieron otra cuenta para conseguir fondos. Y las 285 peñas (reunión de amigos), que el club tiene en todo el país y el mundo instalaron una tercera vía de recaudación.

Unos aportan 9 dólares, otros 18, unos más 70… En la hora amarga, afloró el sentimiento de hincha. El club que jugó siete finales de América y ganó las siete sigue latiendo fuerte en millones de corazones. Es el misterio insondable del amor para siempre que provoca el fútbol, esa unión indestructible que sí acata el mandato bíblico: hasta que la muerte los separe.



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